Bukele devuelve el desplante a la administración de Biden

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Nayib Bukele, el presidente de El Salvador, rechazó reunirse este miércoles 7 de abril con Ricardo Zúñiga, el hombre elegido por la administración estadounidense de Joe Biden para lidiar con Centroamérica. El cargo de Zúñiga es explícito como pocos: “Enviado especial para el Triángulo Norte”, nombre con el que ese país engloba a El Salvador, Guatemala y Honduras. El propio secretario de Estado, Antony Blinken, anunció su designación el pasado 22 de marzo.

El desplante de Bukele a Zúñiga —el funcionario de más alto nivel que visita el país desde que Biden asumió, este año— no se debe a incompatibilidad de agendas, o a algún contratiempo razonable de última hora, mucho menos a que Estados Unidos haya querido evitar esa fotografía o haya priorizado a otros actores sociales. Es eso: un desplante de Bukele.

Fuentes diplomáticas del gobierno salvadoreño me confirmaron que Estados Unidos buscó la reunión con insistencia desde finales de marzo, y que incluso la agendó. Según un documento de la embajada estadounidense en mi poder, el encuentro Bukele-Zúñiga estaba agendado para las 17:30 horas de hoy y se prolongaría hasta las 19:15. Casi dos horas en un viaje relámpago de apenas 28 horas; por mucho, el evento al que se le había asignado más tiempo en la apretada agenda de Zúñiga en El Salvador.

Visto desde San Salvador, el desplante de Bukele al enviado de Biden es algo anómalo, incluso inquietante. La economía salvadoreña está dolarizada desde 2001, Estados Unidos es de largo el principal socio comercial, y se estima que tres millones de salvadoreños residen en Estados Unidos (buena parte en situación irregular). En 2020, esos migrantes enviaron a El Salvador más de 5,700 millones de dólares en remesas, aproximadamente 20% del Producto Interno Bruto. Es raro hallar una familia salvadoreña que no tenga a algún integrante viviendo en territorio estadounidense.

La numeralia da cuenta de la relación intensa y singular entre ambos países, pero —visto desde San Salvador, al menos— esa relación ha sido históricamente de dependencia, incluso de sumisión. Cuando en El Salvador nos referimos a “la Embajada” no hay necesidad de especificar cuál: todos sabemos que es la de Estados Unidos. Y desde que terminó la guerra civil, en 1992, tanto el derechista partido Alianza Republicana Nacionalista como el izquierdista Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional buscaron cuidar la relación con Washington.

También Bukele, quien asumió las riendas del Ejecutivo en junio de 2019. Hasta hace apenas una semanas, el gobierno salvadoreño se pavoneaba de su buena relación con la administración del expresidente Donald Trump, al punto de crear el hashtag #SocioConfiable, con el que tanto el gobierno salvadoreño como la Embajada adornaban buena parte de sus tuits.

Entonces, ¿por qué este sonoro desplante de Bukele a Zúñiga? Vamos por partes.

Bukele viajó a Washington del 3 al 5 de febrero. Tres días después, el 8 de febrero, en plena campaña electoral en El Salvador, la agencia Associated Press (AP) publicó una noticia titulada “Fuentes AP: Gobierno de EEUU rechazó reunión con Bukele”. En esencia, la nota decía que Bukele viajó para tomarse la foto con algún funcionario prominente de la recién iniciada administración Biden, pero que ninguno lo quiso atender.

Bukele negó el desplante e incluso cuestionó con dureza a AP, pero altos funcionarios y exfuncionarios de la órbita del Partido Demócrata apuntalaron en los días siguientes la idea de que la administración Biden había querido mandar un mensaje a Bukele, para regocijo de la oposición salvadoreña. Visto desde San Salvador, el emoji que mejor condensa el rol que le tocó desempeñar a Bukele tras aquel viaje es ese de la carita sonriente pintada de blanco, con colorida peluca alborotada y nariz cubierta con un plástico rojo. Algo difícil de digerir para una personalidad como la de Bukele.

Dos meses han transcurrido desde aquel desplante y, lejos de apaciguarse, las aguas no han dejado de estar revueltas entre Washington y San Salvador. Las dos gotas que parecen haber colmado el vaso bukelista son, por un lado, los tuits de la congresista demócrata Norma Torres, quien el 24 de marzo llamó “narcogobierno” al encabezado por Bukele; y por otro, la conferencia de prensa que el 5 de abril brindó Ned Price, el vocero del Departamento de Estado, quien dijo que la administración Biden espera que “Bukele restaure una fuerte separación de poderes”, y que Washington quiere que “demuestre el compromiso del gobierno (salvadoreño) con la transparencia y con la rendición de cuentas”. Demasiado para el ego de Bukele.

Para enrevesar aún más esta historia, y apelando al viejo dicho de que “a río revuelto, ganancia de pescadores”, ha aparecido uno de peso. Amparado en lo que desde distintos sectores ya se conoce como la “diplomacia de las vacunas”, la República Popular China ha emergido en las últimas semanas como el país que está permitiendo al gobierno salvadoreño masificar la vacunación contra el COVID-19, tras el envío de 1.15 millones de dosis (150,000 donadas por gestiones del propio presidente Xi Jinping), y otro millón que llegará en las próximas semanas.

El tiempo dictará el verdadero calado de este accidentado arranque de la relación entre las administraciones Bukele y Biden, algo desconocido en la historia reciente del país. También el tiempo dictará si el intercambio de desplantes será en unos meses poco más que una anécdota, pero hoy y ahora, no lo parece. Que la relación con Washington se haya enrarecido a tal grado preocupa. Preocupa mucho. Visto desde San Salvador, al menos. The Washington Post